La historia de un maestro, dos monjes, un granjero y una vaca

Ante la pregunta ¿qué tal va todo? son recurrentes respuestas del estilo “voy tirando”, “ya sabes, se hace lo que se puede”, “bueno, bien, esperando a que llegue el fin de semana”, “aguantando”, “hombre, mal, mal no estoy” “aquí andamos” ¿sigo?

Parece que el sino de los tiempos es acomodarse a la incomodidad, convivir con la resignación, todo ello con la esperanza de que no cambiar, no innovar, sea sinónimo de seguridad.

Estas creencias colectivas se manifiestan en aforismos como el de “Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer” o este otro que dice “Más vale pájaro en mano que ciento volando”

Sin embargo, llama la atención que ante situaciones límites, cuando una circunstancia externa sobrevenida nos pone contra las cuerdas, muchas personas se sorprenden a sí mismas siendo capaces de desatar todo su potencial, luchando y mostrando una resiliencia insospechada. ¿Qué es lo que ha ocurrido? ¿A qué se debe esa transformación casi milagrosa? ¿Por qué rehuimos el cambio, pero cuando es inevitable actuamos como héroes? ¿No sería mejor adelantarse a las circunstancias y ser nosotros los promotores del cambio? 

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Permitidme que para reflexionar sobre ello os cuente una pequeña historia sobre un maestro, dos monjes, un granjero y por supuesto, una vaca.

Un maestro y dos discípulos iban de viaje a su retiro en las montañas. Cansados del camino, vieron a lo lejos una pequeña granja y decidieron pasar allí la noche. Cuando llegaron al lugar, les sorprendió la desvencijada puerta de la entrada y la maleza que crecía por todas partes. Bajo el dintel, el granjero y su familia lucían un aspecto no mucho mejor que el de su propiedad. Los monjes, comandados por el maestro, mostraron sus respetos a la familia y le pidieron permiso para pasar allí la noche, a lo que el hombre accedió. Les acomodaron en un viejo cobertizo y les ofrecieron compartir mesa. Las viandas fueron escasas, un pan algo revenido y un poco de leche. Tras la pobre cena, el anfitrión se sinceró con los monjes. La situación era muy mala. Su suerte dependía de la leche que les daba una vieja vaca y de algún pequeño cultivo y fruto que recogían del bosque. El hombre les pidió que rezasen por su familia con la esperanza que su suerte cambiase.

Temprano en la mañana, los monjes se levantaron y se pusieron de camino. El maestro tomó del ramal a la vieja vaca y la llevó con ellos adentrándose en el bosque. Los discípulos no podían dar crédito a sus ojos, sobre todo cuando el maestro, soltó al animal dejándolo a su suerte, perdido en el bosque. El maestro, viendo la expresión de sus acompañantes y adelantándose a sus preguntas, les dijo: “Yo ya soy muy anciano. Con casi toda seguridad no retorne de las montañas. Pero vosotros, en vuestro camino de regreso, deteneos en el mismo lugar e interesaros por este buen hombre y su familia”

Tres años después, los dos jóvenes monjes volvían de su retiro cuando a lo lejos intuyeron la silueta de la vieja granja. Al acercarse, descubrieron un nuevo camino que llevaba a un cercado totalmente nuevo. Dentro, la casa se había transformado. Las paredes lucían pintadas y una nueva puerta daba un aspecto acogedor a la entrada. A ambos lados, los cultivos parecían haberse trazado por un hábil delineante, y ya no había rastro de las malas hierbas. Al fondo también vieron un pequeño establo con animales.

Los monjes pensaron que, tras su marcha, la familia habría perdido su casa y que alguien nuevo se habría instalado en el lugar, pero no era así. Bajo el dintel de la puerta, como la última vez, estaba el granjero con su familia. Ahora su aspecto era muy diferente, todos sonreían esperando a los monjes. Tras los saludos iniciales e informarles de que el maestro esta vez no les acompañaba, uno de los monjes no pudo contener la curiosidad y preguntó al dueño qué es lo que había ocurrido. El hombre, les dijo: “El mismo día que partisteis, ocurrió algo que cambió nuestras vidas. Cuando fuimos a ordeñar nuestra vieja vaca por la mañana, vimos que la cancilla estaba abierta y que el animal ya no estaba. Al principio os culpamos y maldijimos por vuestro descuido, ya que la vaca debió escapar. La buscamos durante tres días sin éxito. Lloramos mucho y nos compadecimos de nosotros mismos, pero pensamos que teníamos que hacer algo si queríamos salir adelante. Así que nos pusimos manos a la obra. Comenzamos a recoger leña y frutos en el bosque que vendemos en el pueblo, además con eso empezamos a comprar algunos animales. Labramos los campos y plantamos nuestra primera cosecha, luego vino la segunda y después la tercera. Este año ya hemos hecho arreglos en la casa y cada vez transportamos más leña al pueblo. Lo que al principio pareció ser una desgracia ha cambiado nuestras vidas para mejor”

El monje, en ese momento entendió la enseñanza del maestro. A veces, si quieres cambiar, no queda más remedio que dejar atrás el pasado, aunque para ello tengas que renunciar a las pertenencias a las que tanto te aferras, aunque estas no sean más que “una pobre vaca vieja”.

A mí esta historia me trae algunas preguntas que comparto con vosotros. ¿Qué es lo que nos lleva a aferrarnos a nuestras viejas vacas? ¿Qué ocurriría si nuestra vaca desapareciese de un día para otro? ¿Qué harías? ¿Qué aplicaciones tiene esta historia a la innovación y el cambio? Espero que el post os haya gustado y espero vuestros comentarios.

2 comentarios en “La historia de un maestro, dos monjes, un granjero y una vaca

  1. Todas las fases de la vida incluida la profesional tienen una subida y una bajada, y nos traen experiencias de todo tipo , de las que tenemos que aprender. Todos tenemos un gran potencial por descubrir y a veces por no perder una “falsa” seguridad laboral no nos atrevemos a dar un paso hacia delante. No es una questión de edad o de formación , es questión de actitud. Las nuevas tecnologías e innovación están cambiando el mundo entero 180 grados, (360 nos quedaríamos en el mismo lugar) y eso nos facilita nuestro día a día, además de darnos la oportunidad de abrir nuestra mente.
    Cuando nos atrevamos a poner el primer semáforo en verde , irán apareciendo otros semáforos en verde que nos irán abriendo camino.
    Pasión por el trabajo y confianza en uno mismo son dos torpedos en nuestro mundo profesional que solo dependen de nosotros.

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    1. Hola María del Mar, gracias por tu comentario. Me encanta la metáfora del semáforo en verde, una vez que ponemos el el primero se irán abriendo los demás. La confianza es básica en todo este proceso. Gracias de corazón por compartir y que tengas un feliz día. Juan

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